Capítulo 130. El regreso de los reyes.
Tres semanas después
El sonido metálico de la cremallera cerrándose resonó en la habitación vacía como el acorde final de una sinfonía demasiado larga y dolorosa.
Bruno Ávalos ajustó el cierre de la maleta de cuero y se enderezó, soltando un suspiro que liberó la tensión acumulada en sus músculos dorsales.
Se llevó una mano instintiva al costado derecho. Sus costillas ya no estaban vendadas, y según las últimas radiografías, los callos óseos se habían formado correctamente, pero la rigidez seguía ahí, un recordatorio fantasma de cada golpe recibido.
—¿Estás bien? —preguntó Victoria desde el borde de la cama.
Bruno se giró y sonrió. Era la primera vez en veintiún días que veía a su esposa vestida con ropa de calle y no con una bata clínica.
Victoria llevaba un vestido largo de algodón color arena, de corte imperio, suelto y fresco, elegido específicamente para que ninguna tela rozara la cicatriz de su abdomen. Llevaba sandalias planas y el cabello suelto, limpio y brillante, cayendo