Capítulo 107. El ingeniero de guerra

Residencia Ávalos, Polanco. Una semana después.

El dolor era un habitante más en la casa de Polanco. No se iba, no pagaba renta y ocupaba cada rincón del cuerpo de Bruno Ávalos. Era un dolor sordo, profundo y constante, centrado en el lado derecho de su tórax, allí donde la viga de acero había intentado partirlo en dos hacía siete días.

Bruno estaba de pie frente a la inmensa mesa de comedor, que había sido despojada de manteles y vajillas para convertirse en una mesa de operaciones tácticas. Llevaba una camisa negra de botones, dos tallas más grandes de lo habitual para acomodar el grueso vendaje compresivo y la faja ortopédica que le sujetaban las costillas fracturadas.

Se apoyaba con ambas manos sobre la superficie de caoba, respirando con un ritmo controlado y superficial: inhalar poco, exhalar lento. Si llenaba los pulmones demasiado, sentía como si le clavaran un picahielo en el costado.

—Siéntate, Bruno —dijo Victoria desde la esquina de la sala.

Su voz era suave, pero cargad
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