El encierro de Jade no era solo físico; era una prisión de la voluntad. Cada día era una lucha contra la desesperación, una confirmación de la victoria de Hywell. La imagen de Nick, degradado y distante, la carcomía, alimentando su culpa, pero a medida que pasaban los días, una chispa de su antigua astucia, la misma que había usado en la mesa de póker, comenzó a encenderse. Si la fuerza bruta y la súplica eran inútiles, quizás la manipulación sería su única arma. Tenía que intentar debilitar el