Mundo de ficçãoIniciar sessãoClara es monitora de equitación, independiente y un poco tímida, pero con una chispa vacilona que la hace imposible de ignorar. Su vida transcurre entre caballos, clases y la presión constante de sus padres para que tenga un novio “de verdad”. Hasta ahora, su mundo parecía predecible… hasta que Marcus apareció en la hípica. Él es rico, seguro de sí mismo y, aunque su vida parece perfecta desde fuera, esconde un lado vulnerable: su hija de seis años, Mara, necesita atención y cuidado, y él no sabe por dónde empezar. La conexión entre Marcus y Clara surge de manera inesperada, con miradas prolongadas, risas compartidas y una química que ninguno puede ignorar. Entre clases de equitación, roces casuales y momentos de complicidad, Clara y Marcus descubrirán que lo que empieza como un encuentro profesional puede despertar deseos, emociones y secretos que ninguno esperaba. Pero cuando la atracción se vuelve inevitable, ¿estarán dispuestos a arriesgar su corazón? “Entre Caballos y Miradas” es un romance fresco y sugerente sobre segundas oportunidades, chispa inesperada y cómo el amor puede aparecer en el lugar menos pensado… incluso entre cascos y riendas.
Ler maisEl sol de la mañana entraba a través de los ventanales del establo, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire como diminutos destellos dorados. Clara estaba arrodillada junto a Torbellino, un caballo marrón enorme con una mirada que a veces parecía entenderla demasiado bien. Sus botas estaban manchadas de barro y el delantal cubierto de heno, pero no le importaba. Le gustaba ensuciarse mientras trabajaba; al fin y al cabo, esa era su vida.
—Vamos, Torbellino —susurró, acariciando su crin—. Hoy necesitamos que te portes bien. No quiero empezar la semana discutiendo contigo. Al fondo, los cascos de otros caballos golpeaban el suelo, acompañados por risas y voces de niños que empezaban sus clases. Clara suspiró. Le encantaba su trabajo, sí, pero no podía dejar de pensar en lo agotador que era lidiar con la presión constante de sus padres. Su teléfono vibró en el bolsillo del delantal. Era un mensaje de su madre: “Clara, ¿todavía sin novio? Ya deberías pensar en algo serio…” Rodó los ojos. Siempre lo mismo. Se frotó la frente mientras pensaba en la respuesta perfecta, cargada de sarcasmo: “Mamá, estoy ocupada enseñándole a los caballos a comportarse. Ya vendrá alguien cuando tenga tiempo.” Nunca se la enviaba, pero le ayudaba a calmarse. —¿Todavía ensayando tu discurso para mamá o ya vas a ponerte a trabajar? —la interrumpió Laura, su amiga y compañera, sosteniendo un pony gris que parecía más interesado en comer heno que en la clase. —Shh, que me escucha —replicó Clara con una sonrisa traviesa—. Si se enfada Torbellino, que sea por mí, no por mí contándole mis dramas familiares. Laura soltó una carcajada y la empujó ligeramente. —Solo espero que no le des demasiada conversación. Ya sabes cómo es… se cree el jefe. Mientras preparaban la pista, un coche negro elegante apareció en la entrada de la hípica. Clara alzó una ceja. No era un lugar donde la gente acostumbrara a venir con coches de lujo. —¿Quién será este? —susurró Laura, mientras observaba cómo un hombre bajaba del vehículo con paso seguro, impecablemente vestido, pero con un aire relajado que no parecía calculado—. Parece… de esos tipos que tienen todo bajo control. Clara frunció el ceño, intrigada. Se acercó a la entrada justo cuando el hombre llegaba a la recepción. Tenía alrededor de treinta años, cabello oscuro cuidadosamente peinado, y una mirada intensa que se fijaba en ella sin ser invasiva, pero lo suficientemente directa como para hacerla sentirse consciente de sí misma. —Buenos días —dijo él, con voz firme pero tranquila—. Busco clases de equitación para mi hija. Tiene seis años. Clara parpadeó, un poco sorprendida. No era habitual recibir a clientes así, y mucho menos con una niña tan pequeña. —Claro, tenemos clases para esa edad. Soy Clara, la monitora —dijo, esforzándose por sonar profesional mientras sentía un cosquilleo extraño en el estómago. —Encantado, soy Marcus —respondió él, estrechando su mano con firmeza—. Y esta es Mara —dijo, señalando a una niña rubia que lo miraba con curiosidad y un poco de timidez desde el coche. —Hola, Mara —dijo Clara, agachándose hasta quedar a su altura—. ¿Te gustan los caballos? —Sí… quiero montar uno grande —respondió Mara, con una sonrisa que hacía que Clara sintiera algo cálido en el pecho. —Entonces creo que nos vamos a llevar bien —dijo Clara, sonriendo mientras la guiaba hacia un poni tranquilo llamado Nube—. Pero aviso: no todos los caballos son tan fáciles de impresionar como tú pareces pensar. Marcus soltó una pequeña risa que hizo que Clara se sintiera un poco más relajada. —Eso suena a desafío. Me gusta. Laura, que observaba desde un poco más atrás, murmuró a Clara: —Ese hombre tiene pinta de que no se deja impresionar fácilmente… ni por ti. —Ni él ni yo —respondió Clara, con una media sonrisa mientras ajustaba la rienda de Mara—. Pero bueno… que empiece la diversión. La primera clase fue más fácil de lo que Clara esperaba. Mara se movía con gracia natural, escuchaba atentamente y, sobre todo, tenía un entusiasmo que resultaba contagioso. Marcus no dejaba de mirarla de vez en cuando, pero sin interrumpir; había algo en su manera de observar que hacía que Clara se sintiera curiosa, pero también… un poco nerviosa. Al terminar, Marcus se acercó para agradecerle. —Gracias, Clara. Se nota que tienes paciencia. Y cariño. Mara se lo está pasando genial. —Gracias —dijo Clara, intentando no sonrojarse—. Es fácil con alguien motivado. Y… bueno, con un poco de suerte, tal vez hasta tú aprenderías algo de caballos. —Tal vez —dijo él, esbozando una sonrisa que era más que una sonrisa profesional. Clara sintió un calor extraño en el pecho, pero apartó la mirada—. Por ahora me conformo con observar cómo lo haces tú. Mientras se despedían, Clara no pudo evitar mirar cómo Marcus y Mara se alejaban hacia el coche. Había algo en él que le provocaba curiosidad… y un poco de nerviosismo que no esperaba. “A ver si me toca un cliente así todos los días…” pensó, divertida consigo misma. Laura la alcanzó mientras guardaban el equipo. —Si sigues pensando en él así, te vas a meter en problemas —dijo, sonriendo de manera cómplice. —Nah… solo es un cliente —respondió Clara, aunque en el fondo sabía que algo dentro de ella ya estaba intrigado.Clara no podía concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos de Marcus se mezclaban con la culpa de lo que había pasado entre ellos. Pero había algo más, algo que siempre había flotado en el aire y que ahora, tras la noche que habían compartido, cobraba sentido: Elena.Durante semanas, Clara había notado detalles que no podía ignorar: llamadas breves, mensajes borrados, la manera en que Marcus se tensaba cuando se mencionaba su nombre. Siempre había confiado en él, pero la incertidumbre era un veneno que se acumulaba lentamente, haciéndole cuestionar cada gesto, cada mirada y cada roce compartido.La relación de Marcus y Elena había sido complicada desde el principio. Oficialmente, nada había sido definido, pero la cercanía que tenían era palpable. Clara recordaba cómo Elena se aparecía en la hípica con excusas triviales, cómo Marcus cedía a sus demandas con un compromiso que ella no podía ignorar. Cada encuentro que parecía casual tenía un trasfondo que nadie le contaba:
El silencio de la mañana caía sobre la hípica como un peso. Clara estaba sola, ajustando las riendas y revisando los cascos de los caballos, intentando que Mara no notara que algo en ella había cambiado. Cada gesto de la niña, cada risa despreocupada, era un recordatorio de la noche anterior, de lo que había cruzado con Marcus y de la culpa que la devoraba desde dentro.El aire parecía más denso de lo normal, cargado de la electricidad que había quedado entre ellos. Cada paso que daba, cada movimiento, la hacía sentir que Marcus estaba demasiado cerca, aunque físicamente no lo estuviera.Y, como si hubiera leído sus pensamientos, Marcus apareció. Esta vez no había prisa, no había pretextos: su presencia era simplemente él, caminando por el picadero con pasos silenciosos y controlados, pero con una tensión palpable en cada movimiento. Clara lo notó de inmediato: el simple hecho de verlo hacer que el corazón le latiera más rápido, incluso cuando intentaba mantenerse firme.—Buenos días
La mañana siguiente, la hípica estaba envuelta en un silencio distinto. Los rayos de sol atravesaban los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire y los caballos que comían tranquilos. Pero para Clara, nada era tranquilo.Se movía entre las riendas y las monturas como un autómata, intentando que Mara no notara su nerviosismo, intentando que Marcus no viera lo que aún la consumía por dentro. La culpa la golpeaba con cada paso, cada mirada, cada recuerdo de la noche anterior.Marcus llegó poco después, sin alardes, sin la seguridad aplastante que normalmente mostraba. Esta vez, había tensión en su postura, en la forma en que sostenía las riendas, en cómo evitaba mirar a Clara directamente. Cada uno sentía que habían cruzado una línea que complicaba todo, y ninguno sabía cómo recomponerse.—Hola —dijo Marcus, con voz baja, mientras ajustaba la montura de Mara—. Buen día… supongo.Clara asintió, intentando no mostrar cuánto temblaba. —Sí… supongo.El silencio entre ellos era
La lluvia caía fina sobre la hípica, golpeando los ventanales y creando un sonido rítmico, casi hipnótico. Clara estaba sola, recogiendo las riendas y ajustando las últimas sillas de montar después de un día pesado. Su cuerpo todavía vibraba con la tensión de los últimos encuentros con Marcus y, aunque intentaba no pensarlo, cada roce, cada mirada reciente seguía clavado en su piel.El sonido de pasos suaves la hizo mirar hacia la entrada. Marcus estaba allí, empapado, con la chaqueta pegada al cuerpo y el cabello húmedo. Su presencia llenaba todo el espacio; la luz que entraba por las ventanas lo dibujaba como un recuerdo imposible de ignorar.—No podía esperar a verte después de hoy —dijo, la voz baja y grave, cargada de algo que hizo que Clara sintiera un calor inmediato—. Tenía que asegurarme de que estabas bien.—Estoy bien —replicó ella, aunque su voz temblaba y su corazón latía como un tambor enloquecido—. Solo… cansada.Él dio un paso más cerca, y el aire entre ellos se volvió
La hípica estaba silenciosa, salvo por el relincho de los caballos y el eco de los cascos en el suelo. El sol caía ya bajo, dejando una luz dorada que dibujaba sombras largas y difusas. Clara estaba recogiendo material, con las manos ligeramente temblorosas. La tensión de los días anteriores todavía vibraba en su piel, como una corriente eléctrica que no se apagaba.Mara jugaba cerca, despreocupada, pero Clara apenas la notaba. Su atención estaba concentrada en algo mucho más peligroso: la proximidad de Marcus. Él apareció sin avisar, entrando en la hípica con pasos silenciosos y seguros, como siempre. Pero esta vez había algo distinto en su mirada, un filo que hizo que el corazón de Clara se acelerara.—¿Todo listo para la clase? —preguntó Marcus, su voz baja y profunda, cargada de algo que hizo que Clara sintiera un calor que no venía del sol.—Sí… creo que sí —murmuró ella, aunque su voz temblaba.Marcus se acercó, justo lo suficiente para que su hombro rozara el de ella mientras l
El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la hípica, dibujando líneas doradas sobre el polvo que flotaba en el aire. Clara ajustaba las monturas mientras Mara jugaba cerca de los caballos, ajena a la electricidad que se cernía sobre el lugar. Cada movimiento suyo, cada risa infantil, era un contraste con la tensión que se acumulaba en el corazón de Clara.Álvaro apareció de repente. Como siempre, sin anunciarse, silencioso y provocador. Se apoyó en la valla con esa sonrisa que siempre la desarmaba. Sus ojos recorrieron a Clara con un brillo peligroso, como si pudiera leer cada pensamiento que ella intentaba ocultar.—Vaya… —dijo, con voz baja—. Parece que hoy estás más… concentrada.Clara lo miró, tratando de sostener la compostura. —Siempre estoy concentrada. No sé de qué hablas.—Claro —replicó él—. Concentración que no puede ocultar lo que sientes.Cada palabra, cada tono, era un desafío directo. Clara sintió cómo la sangre le subía a la cara. Su cuerpo reaccionaba antes





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