Mundo ficciónIniciar sesiónMikaela y Daryl tienen el plan perfecto: una boda sencilla, un apartamento propio y una vida basada en el esfuerzo compartido. Se conocen desde niños y su amor es el refugio seguro que ambos necesitan. Pero todo cambia el día en que Mikaela comienza sus pasantías en una prestigiosa agencia de marketing y, por un tropiezo accidental, derrama su café sobre Roman, el arrogante y magnético heredero del imperio. Lo que comienza como un altercado lleno de chispas y desprecio, pronto se convierte en una peligrosa atracción. Mientras Roman utiliza su poder para atraer a Mikaela a un mundo de lujos y estatus que ella nunca imaginó, la familia de ella empieza a ver en el jefe la solución a todos sus problemas financieros, olvidando la lealtad de Daryl. Atrapada entre la ambición que su familia le impone, la desconfianza de una rival que acecha a Daryl en las sombras y el brillo de una vida de cristal, Mikaela deberá descubrir si el éxito vale el sacrificio de su identidad. ¿Se puede renunciar al amor de tu vida por la promesa de una vida mejor? Una novela sobre las segundas oportunidades, el peso de la clase social y la búsqueda de lo que realmente significa volver a casa.
Leer másEl cielo de Toronto se desplegaba en un azul cristalino, como si el universo mismo hubiera decidido otorgarles una tregua definitiva.El lugar elegido era un salón exclusivo con paredes de cristal que ofrecían una vista ininterrumpida al CN Tower y al horizonte urbano de la ciudad.Era una boda pequeña, íntima, pero cargada de una elegancia que gritaba "nuevo comienzo". No era la boda ostentosa que los Blackwood habrían patrocinado; era la boda que Daryl y Mikaela habían soñado desde que eran adolescentes: un refugio de amor compartido con los que realmente importaban.Mikaela se encontraba en la suite nupcial, sintiendo que el corazón le bailaba en el pecho. El vestido era una obra de arte en seda y encaje, que se ajustaba a su figura como una segunda piel.Eugene y Mina estaban allí, revoloteando a su alrededor con copas de champán en la mano y sonrisas que no les cabían en el rostro.—Estás radiante, Miki —susurró Mina, acomodándole el velo con una ternura inusual en ella—. Quién
Mikaela conducía hacia Rhosedales con las manos apretadas al volante, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.El paisaje de la carretera se desdibujaba a su paso, pero ella solo tenía una imagen fija en la mente: el rostro de Daryl. El mes de separación había sido un purgatorio necesario, un tiempo que le sirvió para entender que no existía éxito profesional, ni ambición, ni destello de deseo que valiera la pena si él no estaba a su lado para compartirlo.Estaba decidida; no iba a regresar a Toronto sin él, aunque tuviera que arrodillarse sobre la grava y suplicar hasta quedarse sin voz.Al llegar a la casa de sus suegros, el aire de Rhosedales, impregnado de pino y tierra húmeda, la recibió con una melancolía abrumadora. El padre de Daryl la recibió en la puerta con una mirada cargada de una mezcla de lástima y afecto. Al ver la desolación en los ojos de Miki, el hombre no pudo evitar compadecerse. Ella se veía más delgada, con ojeras profundas que hablaban de noches en vela
El silencio en el apartamento era un animal vivo que devoraba a Mikaela cada vez que intentaba respirar. Los días posteriores a la partida de Daryl no fueron simplemente tristes; fueron una amputación espiritual.Cada rincón de la casa guardaba un eco de su risa, el rastro de su café por las mañanas, o la calidez de su presencia en el lado izquierdo de la cama, que ahora se sentía como un desierto de sábanas frías.La culpa no era una sensación pasajera, sino un peso físico que le hundía el pecho, una mano invisible que le apretaba la garganta cada vez que recordaba la mirada de Daryl en el umbral del salón privado: esa mezcla de amor moribundo y decepción absoluta.Mikaela tomó una decisión drástica en medio de su letargo. No podía volver a Vanguard. El simple pensamiento de ver la silueta de Roman Blackwood, de escuchar su voz o de pisar la alfombra de aquella oficina le provocaba náuseas violentas.Llamó a la agencia y, con una voz que no reconoció por lo quebrada y gélida que sona
El trayecto de regreso al apartamento fue un descenso a los infiernos del silencio. El único sonido era la respiración agitada de Daryl y el sollozo contenido de Mikaela mientras esquivaba el tráfico nocturno de la ciudad. Daryl no miraba a Mikaela; mantenía la vista fija en la ventana, con la ceja abierta goteando un poco de sangre sobre su camisa impecable, ahora arruinada.Al llegar, él bajó del auto sin esperar a que ella apagara el motor y subió al apartamento con una determinación fría que a Mikaela le dio más miedo que sus gritos.Una vez dentro, el ambiente se volvió asfixiante. Daryl se dirigió a la cocina y, de manera violenta, se sacó algo del bolsillo y lo arrojó sobre la encimera de granito. El sonido metálico resonó en todo el lugar. Eran las llaves del nuevo apartamento, el que habían estado planeando comprar durante meses.—A eso había ido hoy, Mikaela —dijo él, soltando una risa amarga y seca que se clavó en los oídos de ella como cristales rotos—. No podía esperar





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