Mundo ficciónIniciar sesiónMikaela y Daryl tienen el plan perfecto: una boda sencilla, un apartamento propio y una vida basada en el esfuerzo compartido. Se conocen desde niños y su amor es el refugio seguro que ambos necesitan. Pero todo cambia el día en que Mikaela comienza sus pasantías en una prestigiosa agencia de marketing y, por un tropiezo accidental, derrama su café sobre Roman, el arrogante y magnético heredero del imperio. Lo que comienza como un altercado lleno de chispas y desprecio, pronto se convierte en una peligrosa atracción. Mientras Roman utiliza su poder para atraer a Mikaela a un mundo de lujos y estatus que ella nunca imaginó, la familia de ella empieza a ver en el jefe la solución a todos sus problemas financieros, olvidando la lealtad de Daryl. Atrapada entre la ambición que su familia le impone, la desconfianza de una rival que acecha a Daryl en las sombras y el brillo de una vida de cristal, Mikaela deberá descubrir si el éxito vale el sacrificio de su identidad. ¿Se puede renunciar al amor de tu vida por la promesa de una vida mejor? Una novela sobre las segundas oportunidades, el peso de la clase social y la búsqueda de lo que realmente significa volver a casa.
Leer másEl tintineo lejano de las copas de cristal y las risas amortiguadas del salón principal llegaban hasta allí como un eco de otra realidad, una que a Mikaela le parecía borrosa. El rastro dulce de los cócteles aún le daba vueltas en la cabeza, entibiando su sangre y adormeciendo sus alarmas.
Ella no escuchó la puerta abrirse. Estaba demasiado perdida en la textura del papel que sostenía entre las manos. Era más que un contrato; era el peso de su propio futuro, la campaña que pondría su nombre en la cima. Sus dedos temblaron al recorrer las cláusulas, trazando el camino hacia el éxito que tanto había perseguido. Sentía las extremidades llenas de una adrenalina eléctrica; quería chillar, saltar, celebrar que lo había logrado.
Siempre lo había visualizado así: ella, orgullosa y triunfante. Pero en aquel momento, una presión extraña le oprimió el pecho.
La imagen del rostro de Eugene cruzó su mente como una herida abierta. Recordó la última reunión general, cuando Roman había desechado el trabajo de semanas de Eugene con un gesto casi cruel, minimizando su esfuerzo frente a todo el departamento solo para, acto seguido, ensalzar una idea de Mikaela que apenas era un boceto. No pudo olvidar el brillo de humillación en los ojos de Eugene y cómo él evitó mirarla durante el resto del día.
Tampoco podía ignorar el vacío que dejaba Mina. Su amiga, siempre tan efusiva y vibrante, se había vuelto una sombra silenciosa. Mikaela sentía cómo Mina se alejaba poco a poco, con cada comentario de Roman dejando de lado las propuestas de los demás para poner a Miki en un pedestal que ella no había pedido. El éxito se sentía como una barrera que la estaba dejando sola.
Una vocecita insidiosa empezó a cuestionarla en la penumbra:
«¿Realmente te lo mereces?»
«¿Cuál será el costo?»
Tragó saliva, sintiendo que su mente era un revoltijo de dudas. Necesitaba el silencio de su hogar, el abrazo de Daryl y la calma para procesar que su vida estaba a punto de cambiar.
Pero entonces, el aire se detuvo.
Su piel se erizó antes de que su cerebro procesara el sonido de unos pasos casi inaudibles sobre la alfombra. Una presencia magnética se instaló a su espalda, tan cerca que el calor que emanaba de él atravesó la seda de su vestido como si fuera papel. No necesitó girarse; el perfume de Roman —ese aroma a sándalo, metal y ambición— la envolvió como una advertencia silenciosa.
El cuerpo de Miki, desconectado de su razón, respondió inclinándose sutilmente hacia atrás, buscando inconscientemente ese foco de calor. Era una tortura quedarse a solas con él. Ella lo sabía, se lo había repetido mil veces, pero allí estaba: inmóvil, prisionera de una tensión que no podía ignorar.
«Otra vez no», se recriminó en un susurro mental.
Sintió una oleada de calor que nació en la base de su vientre y se extendió hasta la punta de sus dedos. Era una respuesta casi automática, un deseo que bullía entre ambos y que la hacía sentir vulnerable. Sabía que su voluntad era de cristal frente a él, y recordó con una punzada de culpa las veces en que se había permitido flaquear.
No podía volver a caer; no esta noche, no con Daryl esperándola a pocos metros.
Giró la cabeza lentamente. Roman la observaba con sus pupilas comenzando a dilatarse, dibujo también una sonrisa ladina en su rostro, una que prometía el cielo y el infierno en la misma frase. Su aura nublaba cualquier rastro de juicio.
—Es un proyecto ambicioso, ¿verdad? —La voz de Roman, profunda y vibrante, rompió el silencio, cargando el aire de una tensión eléctrica que hacía que a Miki le costara respirar.
—Yo... solo quería echarle un vistazo —logró decir, su voz apenas un susurro nervioso. Se aclaró la garganta, tratando de recomponer sus pedazos—. Gracias por la recomendación, Roman. Significa mucho que confíes en mí. Lo leeré mejor en casa, solo tenía prisa por... por verlo.
—Te entiendo perfectamente —asintió él, pero no se alejó. Al contrario, dio un paso que eliminó cualquier rastro de espacio personal, obligándola a levantar aún más su cabeza.
Roman levantó la mano y, con una lentitud tortuosa, colocó su dedo índice bajo el mentón de Mikaela. La obligó a sostenerle la mirada, y el corazón de ella dio un vuelco lleno de una expectativa aterradora. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—No debes desaprovechar esta oportunidad, Mikaela —susurró él, y su aliento cálido le rozó los labios como una caricia física—. Personas como tú nacieron para ganar. No dejes que la mediocridad de otros te frene.
El pulso de Miki se disparó, golpeando con fuerza contra sus oídos. Su vientre bajo daba punzadas de un dolor delicioso. No estaba pensando, su cuerpo reaccionaba antes de siquiera intentarlo. Su respiración se volvió pesada y, sin darse cuenta, entreabrió los labios. La mirada de Roman se oscureció aún más, descendiendo hacia su boca con una intensidad que la hizo tambalear.
La anticipación derribo sus muros, dejó que el instinto tomara el mando. Cuando sintió la mano de Roman, firme y posesiva, cerrarse sobre su cintura para atraerla hacia él, su cuerpo la traicionó por completo, amoldándose al suyo con una urgencia que la quemaba.
Estaba a punto de dejarse llevar, de hundirse en ese abismo dorado de ambición y deseo, cuando una chispa de lucidez la golpeó como un bofetón de agua fría. La imagen de Daryl —su sonrisa honesta, sus planes de futuro, su amor sin condiciones— cruzó su mente como un relámpago de realidad.
Mikaela retrocedió de golpe, rompiendo el contacto. El frío de la habitación la golpeó con la fuerza de una condena. Roman frunció el ceño, su expresión transformándose en una mezcla de confusión y molestia; él sabía que la tenía, sentía su temblor.
Estaba a punto de acortar la distancia de nuevo cuando la puerta se abrió de par en par.
—¿Mikaela?
La voz de Daryl cortó la tensión como un cuchillo afilado.
Miki se sobresaltó, sintiéndose repentinamente desnuda y culpable. El peso de la traición le hundió el pecho al ver la figura de Daryl en el umbral. Él permaneció estático, y sus ojos recorrieron la escena con una lentitud dolorosa: el salón privado en penumbra, la respiración agitada de ella y la cercanía predadora de Roman.
En cuestión de segundos, el rompecabezas se armó en su mente. Daryl sintió un espasmo de dolor puro en el pecho. Ella lo había prometido. Le había jurado que pondría distancia, que no habría más "situaciones" con su jefe.
La derrota envolvió a Daryl como un manto pesado. Sabía que Roman la estaba manipulando, usando su ambición como anzuelo, pero verla allí, con los labios entreabiertos y el rostro encendido, le rompió algo que no sabía si podría volver a reparar.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Daryl. Sus palabras eran tranquilas, pero su voz sonaba rota, cargada con el inicio de una despedida que Mikaela no estaba lista para enfrentar.
El cielo de Toronto se desplegaba en un azul cristalino, como si el universo mismo hubiera decidido otorgarles una tregua definitiva.El lugar elegido era un salón exclusivo con paredes de cristal que ofrecían una vista ininterrumpida al CN Tower y al horizonte urbano de la ciudad.Era una boda pequeña, íntima, pero cargada de una elegancia que gritaba "nuevo comienzo". No era la boda ostentosa que los Blackwood habrían patrocinado; era la boda que Daryl y Mikaela habían soñado desde que eran adolescentes: un refugio de amor compartido con los que realmente importaban.Mikaela se encontraba en la suite nupcial, sintiendo que el corazón le bailaba en el pecho. El vestido era una obra de arte en seda y encaje, que se ajustaba a su figura como una segunda piel.Eugene y Mina estaban allí, revoloteando a su alrededor con copas de champán en la mano y sonrisas que no les cabían en el rostro.—Estás radiante, Miki —susurró Mina, acomodándole el velo con una ternura inusual en ella—. Quién
Mikaela conducía hacia Rhosedales con las manos apretadas al volante, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.El paisaje de la carretera se desdibujaba a su paso, pero ella solo tenía una imagen fija en la mente: el rostro de Daryl. El mes de separación había sido un purgatorio necesario, un tiempo que le sirvió para entender que no existía éxito profesional, ni ambición, ni destello de deseo que valiera la pena si él no estaba a su lado para compartirlo.Estaba decidida; no iba a regresar a Toronto sin él, aunque tuviera que arrodillarse sobre la grava y suplicar hasta quedarse sin voz.Al llegar a la casa de sus suegros, el aire de Rhosedales, impregnado de pino y tierra húmeda, la recibió con una melancolía abrumadora. El padre de Daryl la recibió en la puerta con una mirada cargada de una mezcla de lástima y afecto. Al ver la desolación en los ojos de Miki, el hombre no pudo evitar compadecerse. Ella se veía más delgada, con ojeras profundas que hablaban de noches en vela
El silencio en el apartamento era un animal vivo que devoraba a Mikaela cada vez que intentaba respirar. Los días posteriores a la partida de Daryl no fueron simplemente tristes; fueron una amputación espiritual.Cada rincón de la casa guardaba un eco de su risa, el rastro de su café por las mañanas, o la calidez de su presencia en el lado izquierdo de la cama, que ahora se sentía como un desierto de sábanas frías.La culpa no era una sensación pasajera, sino un peso físico que le hundía el pecho, una mano invisible que le apretaba la garganta cada vez que recordaba la mirada de Daryl en el umbral del salón privado: esa mezcla de amor moribundo y decepción absoluta.Mikaela tomó una decisión drástica en medio de su letargo. No podía volver a Vanguard. El simple pensamiento de ver la silueta de Roman Blackwood, de escuchar su voz o de pisar la alfombra de aquella oficina le provocaba náuseas violentas.Llamó a la agencia y, con una voz que no reconoció por lo quebrada y gélida que sona
El trayecto de regreso al apartamento fue un descenso a los infiernos del silencio. El único sonido era la respiración agitada de Daryl y el sollozo contenido de Mikaela mientras esquivaba el tráfico nocturno de la ciudad. Daryl no miraba a Mikaela; mantenía la vista fija en la ventana, con la ceja abierta goteando un poco de sangre sobre su camisa impecable, ahora arruinada.Al llegar, él bajó del auto sin esperar a que ella apagara el motor y subió al apartamento con una determinación fría que a Mikaela le dio más miedo que sus gritos.Una vez dentro, el ambiente se volvió asfixiante. Daryl se dirigió a la cocina y, de manera violenta, se sacó algo del bolsillo y lo arrojó sobre la encimera de granito. El sonido metálico resonó en todo el lugar. Eran las llaves del nuevo apartamento, el que habían estado planeando comprar durante meses.—A eso había ido hoy, Mikaela —dijo él, soltando una risa amarga y seca que se clavó en los oídos de ella como cristales rotos—. No podía esperar
Último capítulo