La tenue luz de la lámpara de noche bañaba la habitación de Lucy con un resplandor ámbar. Jade, sentada al borde de la pequeña cama, terminaba de contar el cuento favorito de su hija.
Su voz era un arrullo suave, tejiendo palabras de dragones valientes y princesas curiosas. Lucy, con sus ojos verdes brillantes y su cabello negro extendido sobre la almohada, escuchaba con la misma devoción que ponía en recoger flores silvestres.
Al llegar al "y vivieron felices para siempre", Jade cerró el libro