Pavel no durmió: cayó en cuanto su cabeza rozó la almohada.
El sueño lo arrastró como lo hacía el pasado, sin pedir permiso, sin avisar.
No había rostros al principio. Solo metal, sangre seca y el olor inconfundible del miedo viejo, ese que se queda pegado a la piel incluso cuando uno sobrevive.
Estaba de nuevo en el suelo.
No importaba cuántos años hubieran pasado, su cuerpo recordaba antes que su mente. La piedra fría bajo la mejilla. Las manos atadas. El pulso acelerado no por el dolor, sino