El eco de las turbinas del helicóptero todavía vibraba en mis sienes mientras observaba, a través del cristal empañado, cómo las estepas rusas se extendían debajo de nosotros como un mar de ceniza y nieve, a mi lado, Nikolai mantenía su mano firmemente apoyada en mi muslo, un contacto que se sentía como un ancla en medio de la tormenta de revelaciones que acabábamos de dejar atrás en los Urales, saber que la sangre de los Petrov corría por mis venas no me hacía sentir más débil, al contrario, e