El eco de las turbinas del helicóptero todavía vibraba en mis sienes mientras observaba, a través del cristal empañado, cómo las estepas rusas se extendían debajo de nosotros como un mar de ceniza y nieve, a mi lado, Nikolai mantenía su mano firmemente apoyada en mi muslo, un contacto que se sentía como un ancla en medio de la tormenta de revelaciones que acabábamos de dejar atrás en los Urales, saber que la sangre de los Petrov corría por mis venas no me hacía sentir más débil, al contrario, era como si una pieza perdida de un rompecabezas sangriento finalmente hubiera encajado en su sitio, dándome el derecho legítimo de reclamar no solo un trono, sino una identidad que me habían robado desde la cuna.
—No has dicho una palabra desde que despegamos Alessandra, y tu silencio me preocupa más que el grito de mil generales —dijo Nikolai, rompiendo la quietud de la cabina con esa voz grave que siempre lograba calmar mis demonios más salvajes.
—Estoy pensando en el mapa Nikolai, en cómo l