El pitido monótono del monitor cardíaco era el único reloj que marcaba mis horas, un sonido rítmico, persistente, que me recordaba que Nikolai seguía ahí, aunque su mente estuviera perdida en algún desierto blanco provocado por el veneno, lo miré a través del cristal de la unidad médica privada que habíamos montado en el sótano de la mansión, su pecho subía y bajaba con una lentitud que me oprimía los pulmones, el hombre que una vez fue el terror de Rusia ahora parecía una escultura de mármol f