CAPITULO 40

El pitido monótono del monitor cardíaco era el único reloj que marcaba mis horas, un sonido rítmico, persistente, que me recordaba que Nikolai seguía ahí, aunque su mente estuviera perdida en algún desierto blanco provocado por el veneno, lo miré a través del cristal de la unidad médica privada que habíamos montado en el sótano de la mansión, su pecho subía y bajaba con una lentitud que me oprimía los pulmones, el hombre que una vez fue el terror de Rusia ahora parecía una escultura de mármol frágil, vulnerable bajo las sábanas blancas, me pasé la mano por el cuello, sintiendo el frío de la cadena de oro que él me regaló, y supe que el tiempo de las lágrimas se había agotado hace mucho, fuera de esa habitación, los lobos estaban afilando sus colmillos, y el olor a sangre de un líder caído los estaba volviendo locos de ambición.

​Dimitri entró en la antecámara, su rostro era una máscara de preocupación que intentaba ocultar bajo su habitual rigidez militar, me entregó una tableta donde
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