El vuelo de regreso a Rusia fue un purgatorio suspendido entre las nubes y el rugido monótono de los motores, el antídoto que inyecté en el cuello de Nikolai parecía haber detenido la marcha fúnebre del veneno, pero su cuerpo seguía siendo un campo de batalla devastado, me senté a su lado, observando cómo el sudor frío perlaba su frente mientras sus dedos, largos y ahora pálidos, se aferraban a las mantas con una fuerza espasmódica, fuera, el cielo de Europa se oscurecía, ocultando las cenizas