El zumbido del helicóptero de Valkiria todavía vibraba en mis oídos cuando desperté en la mansión de las afueras de Moscú, un refugio fortificado que olía a cera de abejas, pólvora y ese perfume metálico de la sangre que parecía haberse convertido en mi propia sombra, Nikolai estaba vivo, pero la distancia entre nosotros se había ensanchado de una forma extraña tras el rescate en la montaña, como si al salvarlo del precipicio hubiera roto una barrera que ahora él intentaba reconstruir con silencio y reuniones a puerta cerrada, me levanté de la cama, sintiendo el tirón de las vendas en mi mejilla, y caminé por el pasillo de madera oscura, mis pasos siendo amortiguados por las alfombras persas, hasta que las voces que venían del despacho principal me obligaron a detenerme.
—Los generales están exigiendo una cabeza Nikolai, y si no les entregas la de la italiana, tomarán la tuya junto con la mía —era la voz de Viktor, la mano derecha de Nikolai, un hombre de facciones de granito y ojos