El búnker se sentía más frío que nunca, o quizá era yo la que llevaba el invierno metido bajo la piel, desde que regresamos de la catedral de San Basilio, el silencio entre nosotros se había vuelto un muro de granito que ni siquiera el eco de nuestros pasos lograba quebrar, me senté en el borde de la cama grande, esa misma que antes había sido testigo de nuestra pasión y que ahora me parecía un campo de batalla desierto, mis manos aún temblaban ligeramente, no por el frío, sino por el recuerdo