El búnker se sentía más frío que nunca, o quizá era yo la que llevaba el invierno metido bajo la piel, desde que regresamos de la catedral de San Basilio, el silencio entre nosotros se había vuelto un muro de granito que ni siquiera el eco de nuestros pasos lograba quebrar, me senté en el borde de la cama grande, esa misma que antes había sido testigo de nuestra pasión y que ahora me parecía un campo de batalla desierto, mis manos aún temblaban ligeramente, no por el frío, sino por el recuerdo de la mirada de Nikolai mientras terminaba con Lorenzo, esa eficiencia letal, ese vacío en sus ojos azules que me hizo comprender que el hombre con el que dormía era capaz de borrar una vida sin pestañear.
Escuché la puerta abrirse y el aroma a tabaco y nieve me golpeó antes de que él cruzara el umbral, Nikolai entró con paso lento, todavía vestía la camisa negra que tenía manchas de sangre seca en los puños, pero su rostro ya no era la máscara del demonio que vi en la catedral, se veía agotado