CAPITULO 18

El olor a azufre y a carne quemada se mezcló con el aroma ancestral del incienso, creando una atmósfera tan espesa que sentía que mis pulmones se llenaban de ceniza, Lorenzo me tenía atenazada, su brazo apretaba mi garganta con una fuerza desesperada mientras el cañón de su pistola seguía hundido en mi sien, provocándome un dolor sordo que me impedía pensar con claridad, pero todo el ruido del mundo, los gritos de los hombres heridos y el crujir de las maderas de los bancos, se desvaneció cuando Nikolai dio el primer paso hacia nosotros, cruzando la cortina de humo que todavía flotaba tras la explosión de la entrada.

​Ya no era el hombre que me había guiado la mano en la galería de tiro, ni el amante que me había susurrado secretos entre las sombras del búnker, lo que caminaba hacia nosotros era una fuerza de la naturaleza desatada, un depredador que había abandonado cualquier rastro de civilización para abrazar el abismo que llevaba dentro, sus ojos, antes azules como el hielo, ahora
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