El olor a azufre y a carne quemada se mezcló con el aroma ancestral del incienso, creando una atmósfera tan espesa que sentía que mis pulmones se llenaban de ceniza, Lorenzo me tenía atenazada, su brazo apretaba mi garganta con una fuerza desesperada mientras el cañón de su pistola seguía hundido en mi sien, provocándome un dolor sordo que me impedía pensar con claridad, pero todo el ruido del mundo, los gritos de los hombres heridos y el crujir de las maderas de los bancos, se desvaneció cuand