El frío del búnker se había instalado en mis huesos, pero ya no me hacía temblar, me había despojado de la seda y de los encajes de mi antigua vida, vistiéndome con ropa técnica negra que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, mientras observaba a Nikolai limpiar sus armas con una parsimonia que me resultaba hipnótica, sus dedos, largos y precisos, se movían con una familiaridad casi íntima sobre el metal aceitado, y por un momento, me permití olvidar que ese hombre era el mismo que hab