El frío del búnker se había instalado en mis huesos, pero ya no me hacía temblar, me había despojado de la seda y de los encajes de mi antigua vida, vistiéndome con ropa técnica negra que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, mientras observaba a Nikolai limpiar sus armas con una parsimonia que me resultaba hipnótica, sus dedos, largos y precisos, se movían con una familiaridad casi íntima sobre el metal aceitado, y por un momento, me permití olvidar que ese hombre era el mismo que había sembrado de cadáveres el patio de la mansión, el mismo que me había revelado la traición de mi propia sangre para luego sostenerme mientras me desmoronaba.
Me acerqué a él, mis pasos resonando sordamente en el hormigón, y me detuve justo al borde de su campo de visión, esperando que levantara la vista de su rifle de precisión, el aire olía a pólvora, a aceite mineral y a ese aroma suyo, tan masculino y salvaje, que empezaba a causarme una inquietud que no sabía cómo clasificar.
—Nikolai —di