Mundo ficciónIniciar sesiónAurora Vale lo tenía todo: riqueza, un prometido poderoso y un futuro que todos envidiaban. Hasta la mañana de su boda, cuando abrió la puerta equivocada y encontró al hombre que amaba en brazos de otra mujer. Humillada y destrozada, Aurora desapareció sin decir una palabra, llevándose consigo un secreto que cambiaría sus vidas para siempre. Cinco años después, el mundo solo la conoce como la enigmática CEO detrás de AVA, la marca de moda de lujo que está conquistando Nueva York. Más fría. Más fuerte. Intocable. Aurora regresa, no como la novia rota que una vez huyó, sino como la mujer decidida a destruir al hombre que la traicionó. Liam Cross nunca dejó de buscar a la mujer que perdió. Cuando conoce a la misteriosa CEO de AVA, se siente atraído por su brillantez, su carácter… y la inquietante familiaridad en su mirada. No sabe que ella es la mujer a la que hirió. No sabe que el niño con su sonrisa lleva su sangre. La rivalidad empresarial se enciende. Los secretos salen a la luz. Las viejas heridas se abren. Y la batalla entre el amor y la venganza se convierte en una guerra de la que ninguno puede escapar. Cuando la verdad finalmente estalle, ¿elegirá Aurora la venganza sobre el corazón que juró enterrar… o la segunda oportunidad en la que nunca creyó?
Leer másEl diamante de veinte quilates en su dedo anular estaba helado. No se sentía como una promesa de amor, sino como un grillete.
Aurora Vale se miró en el espejo de cuerpo entero. El vestido de seda y encaje era una obra de arte que había tomado seis meses perfeccionar. Exudaba el aura de la heredera ideal, la novia impecable, la futura señora de Liam Cross.
Pero todo era una hermosa y maldita mentira.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era por el aire acondicionado de la suite nupcial. Era por el hombre que la esperaba en el altar.
Liam.
Su nombre solía ser su refugio. Ahora, solo le provocaba una extraña ansiedad.
Llevaba una semana distante. Y no se trataba de las largas noches en la sede de Cross Empire por la inminente fusión asiática. Ella conocía el despiadado mundo de los negocios. Ella misma había cerrado contratos millonarios para Industrias Vale antes de cumplir los veinticinco.
Esto era diferente. Era una ausencia fría. Un muro invisible entre los dos.
Sus besos ya no la quemaban; eran roces obligados y fugaces. Su mirada gris, antes posesiva, ahora la atravesaba como si ella fuera un fantasma. Miraba hacia un futuro del que Aurora ya no estaba segura de formar parte.
Anoche mismo lo había encontrado en la terraza del penthouse, bañado por la luz azul de la pantalla de su celular.
—¿Liam? —lo llamó, apretando su bata de seda contra su cuerpo.
Él ni siquiera levantó la vista.
—Dame un minuto, Aurora.
El minuto se convirtieron en cinco. Las luces de Nueva York brillaban bajo ellos, pero él no veía nada más que su teléfono.
—Nos casamos mañana —le dijo ella, odiando la leve nota de súplica en su propia voz—. ¿Está todo bien entre nosotros?
Él finalmente se giró. Guardó el teléfono en su bolsillo, pero su mano se quedó ahí, aferrada al aparato como si fuera su salvavidas. Le ofreció esa sonrisa ensayada que usaba para desarmar a la prensa.
—Todo es perfecto —respondió, dándole un beso estéril en la frente—. Solo es estrés por la fusión. Piénsalo. Mañana a esta hora serás la señora Cross y estaremos en un avión a Bora Bora. Sin teléfonos. Solo tú y yo.
Su promesa sonó tan vacía como el abismo que se había abierto en el estómago de Aurora.
De vuelta en el presente, el olor a lirios blancos inundaba la habitación. Demasiado dulce. Casi fúnebre.
Ella no era ninguna idiota. Hablaba tres idiomas, tenía títulos en negocios y sabía leer a las personas mejor que nadie. Y sabía que Liam le estaba mintiendo.
¿Pero cuál era la alternativa? Abajo, su padre recibía a senadores y magnates con el pecho inflado de orgullo. Esta boda no era solo un matrimonio; era la alianza definitiva entre dos dinastías.
Un golpe repentino en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Sophia Tan, su dama de honor y mejor amiga, entró como un torbellino.
—¡Dios mío, Aurora! Estás... irreal —jadeó Sophia, acomodándole el velo con manos temblorosas—. Pero tenemos que irnos ya. Medio Nueva York está en ese jardín. ¿Estás nerviosa? Yo estoy a punto de vomitar.
Aurora le dedicó una sonrisa serena y practicada. La máscara perfecta.
—No estoy nerviosa.
—Claro que no —rio Sophia, entregándole el pesado ramo de rosas y lirios—. Te vas a casar con Liam Cross. Mataría por un hombre que me mirara como él te mira a ti.
Ya no me mira de esa forma, pensó Aurora, sintiendo un nudo afilado en la garganta.
—Es la hora. ¿Lista? —preguntó Sophia, dirigiéndose al pasillo.
Aurora miró su reflejo por última vez. La novia perfecta. La mentira perfecta.
Caminó hacia la puerta. La música del cuarteto de cuerdas ya resonaba desde el exterior, marcando el inicio de la marcha nupcial. Era el punto de no retorno.
Justo cuando su mano tocó el pomo de la puerta, su teléfono personal, olvidado sobre el tocador, vibró.
Una sola vez. Un mensaje.
No iba a mirarlo. Estaba a segundos de caminar hacia el altar. Pero algo en su pecho, un instinto visceral de supervivencia, la obligó a girarse.
Dejó el ramo sobre una silla y tomó el aparato. Era un número desconocido. Contenía una sola imagen y una línea de texto.
Aurora sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El cristal de su vida perfecta se hizo añicos.
En la foto, fechada anoche a la misma hora en que Liam supuestamente lidiaba con la "fusión asiática", su prometido estaba en un rincón oscuro del bar de un hotel de lujo. No estaba solo. Tenía las manos hundidas en el cabello de una mujer rubia, besándola con la pasión y la urgencia que le había negado a Aurora durante meses.
El texto debajo de la imagen era como una sentencia de muerte:
"Pregúntale a tu futuro esposo por qué no puede soltar su teléfono. Disfruta tu boda, heredera."
La puerta de la suite se abrió de golpe. Su padre estaba ahí, ofreciéndole el brazo con una sonrisa radiante.
—Es hora, mi niña. Liam te espera en el altar.
Aurora apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos. La sangre le hervía en las venas, reemplazando el miedo con una furia fría y calculadora.
¿Iba a caminar hacia el altar para atarse a un traidor, o iba a salir y quemar el imperio de los Cross frente a los ojos de todo Nueva York?
La puerta se cerró de golpe, haciendo eco con el brutal sonido de la bofetada.Durante un segundo, el silencio en la habitación 305 fue absoluto.Liam no se movió. Se quedó congelado, con la cabeza ladeada. Se tocó la mejilla; sus dedos volvieron manchados con una gota de sangre de su propio labio. La marca carmesí en su piel pálida ardía como un hierro candente.—Vaya —ronroneó Vanessa desde la ventana, rompiendo el silencio con una risa seca—. La princesita tiene más fuego del que pensaba.Liam giró la cabeza hacia ella tan rápido que pareció que iba a romperle el cuello. El pánico inicial había desaparecido, reemplazado por una furia reptiliana, fría y letal.—Vístete —siseó él, con una voz tan grave que rasgó el silencio.La sonrisa de Vanessa vaciló. Había visto a Liam enojado en las salas de juntas, pero nunca así. Este no era el amante al que ella manipulaba con facilidad. Este era el CEO implacable que destruía empresas para desayunar.—Liam, amor... —intentó decir, cerrando s
Corrió.Era un borrón de encaje blanco, un cometa de destrucción huyendo del epicentro de la explosión.—¡Aurora!La voz de Liam resonó a sus espaldas en el pasillo del tercer piso. No era una súplica. No sonaba arrepentido. Era un rugido de furia pura y posesiva. Una orden.Ese tono arrogante no la detuvo; le inyectó adrenalina pura. Ya no corría como una novia herida, corría como una fiera que acababa de romper sus cadenas.Llegó a las escaleras de servicio. Sus tacones de seda, diseñados para resbalar con elegancia, se convirtieron en una trampa. Resbaló en el primer escalón y su hombro se estrelló con fuerza contra la pared.Un jadeo de dolor escapó de sus labios, pero no se detuvo.Se arrancó el velo de la cabeza con un tirón brutal. Las decenas de horquillas se desprendieron, tirando de su cabello, pero no le importó. Arrojó la nube de tul y encaje por las escaleras.Llegó a la planta baja, abriéndose paso por las puertas batientes de la cocina como un huracán. Un camarero joven
El clic del pestillo sonó como un disparo en el pasillo silencioso.Aurora empujó la pesada puerta de caoba. Se abrió con un susurro suave y costoso, revelando el acto final de la tragedia.No hubo jadeos de sorpresa. No hubo un salto aterrado para separarse.Liam y Vanessa estaban de pie junto al ventanal, recortados contra el cielo gris de la mañana. Él tenía la camisa blanca a medio abrochar, exponiendo la línea dura de su clavícula. Ella no llevaba su impecable traje sastre, sino una bata de seda carmesí.El color exacto de su lápiz labial. El color exacto de la joya que Aurora apretaba en su puño.Cuando la puerta se abrió de par en par, ambos se giraron. Lo hicieron con lentitud, casi con fastidio, como si Aurora fuera una sirvienta torpe que acababa de interrumpir una reunión privada.Vanessa no se cubrió. No se sonrojó ni apartó la mirada. Simplemente se cruzó de brazos, dejando que la bata de seda se abriera un poco más, y sonrió. Era la misma sonrisa triunfante de la noche a
La puerta de caoba de la habitación 305 se alzaba frente a ella.El silencio en el pasillo del tercer piso era absoluto. Abajo, el cuarteto de cuerdas tocaba la marcha nupcial. Era el llamado final para caminar hacia el altar.Aurora levantó la mano, apretando el pendiente de rubí hasta que los bordes le cortaron la piel. Iba a tocar la puerta. Iba a exigir una explicación.Pero entonces, una voz atravesó la gruesa madera.—¿Estás seguro de que la princesita no sospecha nada?Aurora se quedó paralizada. Era Vanessa. Su voz sonaba arrogante, ronroneando entre las sombras de la habitación.—Es ingenua, Vanessa —respondió la voz grave y calculadora de Liam—. Lloró un poco anoche, me hizo una escena en el vestíbulo, pero la controlé.—Dejé mi pendiente de rubí en tu mesa de noche a propósito, Liam. Quería ver si la heredera perfecta tenía agallas.—Fue un movimiento estúpido y arriesgado —espetó Liam, aunque no sonaba realmente enfadado—. Pero le dije que era un regalo de bodas sorpresa.





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