Mundo ficciónIniciar sesiónLa sangre le hervía en las venas mientras miraba la pantalla de su teléfono.
La mujer rubia de la foto no era una extraña. Era Vanessa Leigh.
La impecable y eficiente asistente personal de Liam. La misma mujer que, según él, solo era una herramienta vital para la empresa.
De repente, la farsa de la noche anterior cobró un sentido repulsivo. La memoria de la cena de ensayo la golpeó con la fuerza de un latigazo, encajando perfectamente con la imagen de la traición que ahora sostenía en su mano.
La cena había sido un mar de cristal, champán añejo y rosas blancas en el gran salón de la mansión Vale. Doscientas de las figuras más poderosas de Nueva York habían brindado por la pareja de la década.
Liam había estado a su lado, deslumbrante en su esmoquin a medida, pero con la atención completamente fracturada. Su teléfono, colocado junto a su copa de vino, vibraba sin cesar.
—Es la fusión —le había susurrado él, rozando su oreja.
Siempre era la fusión. Siempre eran los negocios.
Asfixiada por la presión y el denso aroma a rosas, Aurora se había escabullido hacia un pasillo de servicio en busca de aire. Fue allí, en la penumbra, donde escuchó a dos empleadas del servicio de catering. Hablaban en voz baja, creyendo que la música del cuarteto de cuerdas cubría sus palabras.
—...apuesto a que hoy también trabajará hasta tarde —dijo una voz femenina.
—Dicen que anoche estuvo aquí hasta las tres de la mañana —respondió otra más joven—. ¿Con ella?
—Siempre es con ella. Las famosas "reuniones nocturnas". Pobre señorita Vale, camina con estrellas en los ojos. No tiene ni idea.
Aurora se había quedado paralizada frente a la pared fría.
—Y ese vestido rojo que Vanessa dejó ayer en su coche... —continuó la primera empleada—. No era precisamente ropa de oficina.
Vanessa. Tres días antes, Aurora había encontrado una tira de encaje carmesí enganchada en el asiento del copiloto de Liam. Cuando se la mostró, él se la había arrebatado con fastidio, como si ella estuviera hurgando en la basura.
—Es un regalo para una clienta. Ya está solucionado. No te preocupes por eso —le había espetado.
La había hecho sentir pequeña. Entrometida. Paranoica.
Anoche, impulsada por los susurros de las empleadas, había regresado al salón de baile, lo había tomado del brazo y lo había arrastrado de vuelta a ese mismo pasillo oscuro.
—¿Quién es ella? —le había exigido, con la voz temblando de rabia contenida—. Escuché a los empleados. Hablan de ti. De Vanessa. Del vestido rojo.
Liam no lo negó. No se sorprendió. Simplemente la miró en silencio y luego suspiró, frotándose el puente de la nariz con profunda irritación. Como si el dolor de Aurora fuera un simple contratiempo en su agenda.
—Aurora, nos casamos en menos de veinticuatro horas —su voz destilaba una decepción calculada y cruel—. Esta es la semana más importante de mi carrera. Todo el legado de tu padre depende de esta fusión. Yo estoy dejándome la piel cada noche por nuestro futuro, ¿y tú me acusas de acostarme con mi asistente por un chisme de pasillo de unas camareras aburridas?
Él había invadido su espacio, obligándola a retroceder. En la penumbra, su altura lo hacía ver aterrador.
—Ese vestido era un regalo corporativo que le pedí a Vanessa que comprara. ¿Tienes idea de la presión que soporto?
La había acorralado mentalmente. La había hecho dudar de sus propios instintos. Y cuando ella, avergonzada, dejó escapar unas lágrimas, él cambió de táctica. Le acarició la mejilla con falsa ternura, la abrazó contra su pecho y le susurró la peor mentira de todas.
«Solo eres tú. Siempre has sido tú. ¿Confías en mí?»
Ella le había creído. O había necesitado creerle.
El sonido de la marcha nupcial elevándose desde el jardín la devolvió de golpe a la suite nupcial.
Aurora miró la foto en su teléfono por última vez. Las manos de Liam enredadas en el cabello de Vanessa en el bar de un hotel. La marca de tiempo: 2:00 a.m. Justo después de que él la llamara paranoica y le diera ese beso estéril en la frente.
—Es hora, mi niña —dijo su padre desde la puerta, ofreciéndole el brazo, ignorante del infierno que se desataba en la cabeza de su hija—. Liam te espera en el altar.
Aurora bloqueó la pantalla del teléfono. El nudo de cristal en su estómago no desapareció, pero se transformó. El miedo se evaporó. La tristeza se congeló.
Ella era una Vale. Estaba hecha de hielo y acero.
—Sí, papá. Es hora.
Tomó su pesado ramo de lirios blancos. No iba a cancelar la boda desde una habitación a puerta cerrada. No iba a huir por la salida de servicio como una novia frágil y rota. Eso era exactamente lo que Liam esperaba: que ella fuera dócil y evitara el escándalo público a toda costa.
Caminó hacia el pasillo, con la barbilla en alto y una sonrisa letal curvando sus labios.
Iba a caminar hacia ese altar. Iba a mirarlo a los ojos frente a las doscientas personas más poderosas de la ciudad.
Y luego, iba a quemar su maldito imperio hasta los cimientos.







