Mundo ficciónIniciar sesiónEl motor de su Porsche rugió en la silenciosa noche de Nueva York.
Aurora conducía con las manos aferradas al volante. A la 1:27 a.m., las calles estaban desiertas. Escapaba de su propia vida, huyendo de una mansión llena de rosas blancas que olían a funeral.
El teléfono vibró en el tablero del auto. Era Sophia.
—Dime que ya te arrepentiste y estás volviendo a casa —suplicó su amiga a través del altavoz, con la voz cargada de pánico.
—Estoy a dos calles del edificio de Liam —respondió Aurora, manteniendo la vista fija en la carretera—. Necesito ver su cara, Sophia. Necesito saberlo.
—¿Y si te equivocas? ¿Y si solo está durmiendo?
—Si me equivoco, me disculparé, volveré a casa y mañana seré la novia perfecta que todos esperan.
—¿Y si tienes razón? —preguntó Sophia en un susurro.
Los ojos de Aurora se volvieron de hielo al mirar el rascacielos de cristal a la distancia.
—Entonces, mañana seré su peor pesadilla.
Cortó la llamada.
Aparcó en el garaje subterráneo del exclusivo edificio. El Bentley negro de Liam estaba ahí, estacionado en su lugar reservado. En lugar de tomar el ascensor privado directamente, Aurora caminó hacia el vestíbulo principal. Necesitaba información antes de subir.
El guardia de seguridad nocturno, Marcus, casi tira su café al verla entrar.
—¿Señorita Vale? —tartamudeó, poniéndose de pie de un salto—. Qué... sorpresa. El señor Cross no me avisó que vendría.
—Es una sorpresa de bodas, Marcus —mintió ella con una sonrisa gélida, apoyando las manos en el mostrador de mármol—. ¿Ya está dormido? No quiero despertarlo si está descansando.
Marcus tragó saliva y desvió la mirada hacia sus monitores. Un error de novato que a Aurora no se le escapó.
—El señor Cross... eh... no está en su penthouse en este momento, señorita Vale.
El corazón de Aurora dio un latigazo, pero mantuvo la expresión inquebrantable.
—¿Salió? Su auto está en el garaje.
—Salió hace casi una hora —murmuró el guardia, visiblemente sudoroso bajo la intensa mirada de la heredera—. Se fue en el auto de la señorita Leigh. Ella vino a... dejar unos documentos urgentes para la fusión, supongo.
Documentos urgentes. A la una de la mañana. —Entiendo —dijo Aurora, con una calma letal—. Subiré a esperarlo. Buenas noches, Marcus.
Tomó el ascensor y digitó el código de seguridad de Liam: 2-4-6-8. Confianza total, le había dicho él cuando se lo dio. Qué chiste tan patético.
Las puertas se abrieron en el oscuro y silencioso penthouse.
Aurora no encendió las luces. Caminó directamente hacia la habitación principal y empujó la puerta de roble.
La inmensa cama King-size estaba perfectamente tendida. Las sábanas grises no tenían una sola arruga. Nadie había dormido ahí. Liam había venido, se había cambiado y se había largado con Vanessa.
Se acercó a la mesita de noche de obsidiana. Encendió la pequeña lámpara de lectura y lo vio.
Un pendiente.
Una delicada lágrima de diamantes que terminaba en un rubí en forma de pera. Una joya ostentosa, audaz y carmesí. El mismo tono exacto del labial de la asistente.
Vanessa no lo había olvidado por accidente. Lo había dejado ahí a propósito. Era una marca de territorio. Una burla.
De repente, el teléfono personal de Aurora comenzó a vibrar en el bolsillo de su abrigo.
La pantalla iluminó la oscuridad con un nombre: Liam.
Aurora cerró el puño alrededor del pendiente de rubí. Las afiladas aristas se clavaron en su palma, dándole el ancla de dolor que necesitaba. Deslizó el dedo por la pantalla y contestó.
—¿Aurora? —La voz de Liam sonó suave, con ese tono íntimo y tranquilizador que reservaba solo para ella.
—Liam —respondió ella, con una voz tan suave como la de él.
—Vi que me llamaste hace un rato. Dime que ya estás descansando en tu suite. Mañana será el día más feliz de nuestras vidas, tenemos que estar perfectos.
Aurora miró la cama impecable y la joya de la amante de su prometido en su propia mano. La bilis le subió por la garganta.
—No podía dormir. Quería escuchar tu voz —mintió ella con fluidez—. ¿Dónde estás?
—En mi cama, por supuesto —respondió él sin titubear, con una naturalidad enfermiza—. Estoy agotado, mi amor. Todo está oscuro y estoy a punto de cerrar los ojos. Duerme tú también.
Aurora dejó escapar una risa corta, gélida, carente de cualquier rastro de alegría.
—Qué curioso, Liam... —susurró, dejando que el eco de su voz rebotara en las paredes del lujoso penthouse.
—¿Curioso? ¿Qué es curioso? —El tono de Liam cambió de inmediato, volviéndose tenso.
—Que digas que estás en tu cama... —Aurora se puso de pie, apretando el teléfono con furia—. Porque yo estoy parada frente a ella en este preciso momento. Y está completamente vacía.
El silencio sepulcral que siguió al otro lado de la línea fue el sonido más dulce y destructivo que Aurora había escuchado en toda su vida.







