La mansión Vale estaba sumida en un silencio de tumba cuando Aurora entró por la puerta de servicio.
El pendiente de rubí quemaba en el bolsillo de su abrigo de cachemira como un trozo de metralla. Ya no era la novia ingenua que rezaba por estar equivocada. Tenía la prueba. Una prueba carmesí que combinaba perfectamente con la sonrisa triunfante de la amante de su prometido.
Caminó descalza por el pasillo oscuro, deseando llegar a su suite para encerrarse y planear su siguiente movimiento.
Pero