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El diamante de veinte quilates en su dedo anular estaba helado. No se sentía como una promesa de amor, sino como un grillete.
Aurora Vale se miró en el espejo de cuerpo entero. El vestido de seda y encaje era una obra de arte que había tomado seis meses perfeccionar. Exudaba el aura de la heredera ideal, la novia impecable, la futura señora de Liam Cross.
Pero todo era una hermosa y maldita mentira.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era por el aire acondicionado de la suite nupcial. Era por el hombre que la esperaba en el altar.
Liam.
Su nombre solía ser su refugio. Ahora, solo le provocaba una extraña ansiedad.
Llevaba una semana distante. Y no se trataba de las largas noches en la sede de Cross Empire por la inminente fusión asiática. Ella conocía el despiadado mundo de los negocios. Ella misma había cerrado contratos millonarios para Industrias Vale antes de cumplir los veinticinco.
Esto era diferente. Era una ausencia fría. Un muro invisible entre los dos.
Sus besos ya no la quemaban; eran roces obligados y fugaces. Su mirada gris, antes posesiva, ahora la atravesaba como si ella fuera un fantasma. Miraba hacia un futuro del que Aurora ya no estaba segura de formar parte.
Anoche mismo lo había encontrado en la terraza del penthouse, bañado por la luz azul de la pantalla de su celular.
—¿Liam? —lo llamó, apretando su bata de seda contra su cuerpo.
Él ni siquiera levantó la vista.
—Dame un minuto, Aurora.
El minuto se convirtieron en cinco. Las luces de Nueva York brillaban bajo ellos, pero él no veía nada más que su teléfono.
—Nos casamos mañana —le dijo ella, odiando la leve nota de súplica en su propia voz—. ¿Está todo bien entre nosotros?
Él finalmente se giró. Guardó el teléfono en su bolsillo, pero su mano se quedó ahí, aferrada al aparato como si fuera su salvavidas. Le ofreció esa sonrisa ensayada que usaba para desarmar a la prensa.
—Todo es perfecto —respondió, dándole un beso estéril en la frente—. Solo es estrés por la fusión. Piénsalo. Mañana a esta hora serás la señora Cross y estaremos en un avión a Bora Bora. Sin teléfonos. Solo tú y yo.
Su promesa sonó tan vacía como el abismo que se había abierto en el estómago de Aurora.
De vuelta en el presente, el olor a lirios blancos inundaba la habitación. Demasiado dulce. Casi fúnebre.
Ella no era ninguna idiota. Hablaba tres idiomas, tenía títulos en negocios y sabía leer a las personas mejor que nadie. Y sabía que Liam le estaba mintiendo.
¿Pero cuál era la alternativa? Abajo, su padre recibía a senadores y magnates con el pecho inflado de orgullo. Esta boda no era solo un matrimonio; era la alianza definitiva entre dos dinastías.
Un golpe repentino en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Sophia Tan, su dama de honor y mejor amiga, entró como un torbellino.
—¡Dios mío, Aurora! Estás... irreal —jadeó Sophia, acomodándole el velo con manos temblorosas—. Pero tenemos que irnos ya. Medio Nueva York está en ese jardín. ¿Estás nerviosa? Yo estoy a punto de vomitar.
Aurora le dedicó una sonrisa serena y practicada. La máscara perfecta.
—No estoy nerviosa.
—Claro que no —rio Sophia, entregándole el pesado ramo de rosas y lirios—. Te vas a casar con Liam Cross. Mataría por un hombre que me mirara como él te mira a ti.
Ya no me mira de esa forma, pensó Aurora, sintiendo un nudo afilado en la garganta.
—Es la hora. ¿Lista? —preguntó Sophia, dirigiéndose al pasillo.
Aurora miró su reflejo por última vez. La novia perfecta. La mentira perfecta.
Caminó hacia la puerta. La música del cuarteto de cuerdas ya resonaba desde el exterior, marcando el inicio de la marcha nupcial. Era el punto de no retorno.
Justo cuando su mano tocó el pomo de la puerta, su teléfono personal, olvidado sobre el tocador, vibró.
Una sola vez. Un mensaje.
No iba a mirarlo. Estaba a segundos de caminar hacia el altar. Pero algo en su pecho, un instinto visceral de supervivencia, la obligó a girarse.
Dejó el ramo sobre una silla y tomó el aparato. Era un número desconocido. Contenía una sola imagen y una línea de texto.
Aurora sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El cristal de su vida perfecta se hizo añicos.
En la foto, fechada anoche a la misma hora en que Liam supuestamente lidiaba con la "fusión asiática", su prometido estaba en un rincón oscuro del bar de un hotel de lujo. No estaba solo. Tenía las manos hundidas en el cabello de una mujer rubia, besándola con la pasión y la urgencia que le había negado a Aurora durante meses.
El texto debajo de la imagen era como una sentencia de muerte:
"Pregúntale a tu futuro esposo por qué no puede soltar su teléfono. Disfruta tu boda, heredera."
La puerta de la suite se abrió de golpe. Su padre estaba ahí, ofreciéndole el brazo con una sonrisa radiante.
—Es hora, mi niña. Liam te espera en el altar.
Aurora apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos. La sangre le hervía en las venas, reemplazando el miedo con una furia fría y calculadora.
¿Iba a caminar hacia el altar para atarse a un traidor, o iba a salir y quemar el imperio de los Cross frente a los ojos de todo Nueva York?







