El elegante auto negro era una cámara de descompresión en movimiento.
Aurora estaba sentada en la parte trasera, con las rodillas apretadas y las manos aferrando su bolso con tanta fuerza que el cuero crujía. Las ventanas polarizadas teñían la tarde neoyorquina de un púrpura magullado y crepuscular.
Estaba a salvo. Se estaba alejando de él.
Pero la piel aún le ardía.
Era un calor fantasma, persistiendo en su mejilla justo donde la mano de él había quedado suspendida en el ascensor. No la había