Aurora se alejó de la barra, con la espalda convertida en una línea recta e inquebrantable de seda negra.
No corrió. Correr era para las presas. Correr era para la chica que había huido por un camino de grava con su vestido de novia.
"Ariane Rousseau" no corría. Se deslizaba.
Pero dentro de la perfección arquitectónica de su esmoquin, su corazón era un pájaro atrapado, latiendo con un ritmo frenético y magullado contra sus costillas.
Lo sabe.
El pensamiento era una sirena de alarma. Él no solo