El sol amaneció, pero Aurora se sentía en la más absoluta oscuridad.
Sus manos ardían. Estaban cubiertas de minúsculos y profundos cortes que aún supuraban. Había pasado la última hora de la madrugada de rodillas en el vestíbulo, recogiendo cada maldito pedazo de cristal roto con sus propios dedos, tal como Liam le había ordenado.
No lo había hecho por sumisión. Lo hizo porque el dolor físico en sus palmas la mantenía cuerda. La mantenía enfocada en el odio.
Aún llevaba la ropa oscura de anoche