Jacob cruzó la puerta de la oficina con el mismo paso confiado de cada mañana.
Había aprendido a ignorar el zumbido fluorescente del techo, las miradas vacías de compañeros que apenas saludaban y los monitores fríos que marcaban el inicio de una jornada más.
Ese día, sin embargo, llevaba algo distinto en la mirada, una calma inusual, como si la noche anterior aún latiera en su pecho como una melodía persistente, suave pero envolvente.
Esa sensación lo acompañaba como un eco de los dedos de Valer