—Te amo —susurró él, su voz quebrada por el placer, mientras la sostenía como si fuera un tesoro frágil y eterno.
Ella lo sujetó del rostro, temblando, sintiendo cómo cada parte de ella se rendía. Sus labios rozaron los de él antes de hundirse en un beso que los hizo perder el equilibrio del mundo.
El acto se volvió más lento, más íntimo; no era solo deseo, era entrega, era reconocimiento, era una herida antigua cerrándose por primera vez.
Cuando ambos alcanzaron el clímax, Valery dejó escapar u