Un par de días después, el amanecer llegó pálido, pero esta vez sí hubo desayuno compartido.
Valery colocó una taza frente a Jacob, quien la observó con el ceño aún marcado por el cansancio.
—No sabía si querías café o té… —murmuró ella, sentándose a su lado.
—Café está bien —respondió él, dando un sorbo lento, como si el calor le ayudara a sostenerse—. Gracias.
El silencio se instaló un momento, no incómodo, sino lleno de algo no dicho. Valery jugueteó con la cuchara, trazando círculos en el borde del plato.
—Dormiste poco otra vez —comentó, sin mirarlo directamente.
Jacob dejó la taza sobre la mesa.
—Las noches se sienten más largas últimamente… —murmuró Jacob, frotándose la frente con dos dedos, como si intentara disipar un peso que no podía nombrar.
Su voz tenía un cansancio antiguo, de esos que no vienen del cuerpo, sino del alma misma.
Ella levantó la mirada un instante, su expresión se suavizó.
—Ojalá pudiera quitarte un poco de ese peso —susurró ella, rozándole la mano con los