Un par de días después, el amanecer llegó pálido, pero esta vez sí hubo desayuno compartido.
Valery colocó una taza frente a Jacob, quien la observó con el ceño aún marcado por el cansancio.
—No sabía si querías café o té… —murmuró ella, sentándose a su lado.
—Café está bien —respondió él, dando un sorbo lento, como si el calor le ayudara a sostenerse—. Gracias.
El silencio se instaló un momento, no incómodo, sino lleno de algo no dicho. Valery jugueteó con la cuchara, trazando círculos en el bo