Habían pasado dos semanas desde la muerte de Mike, pero para Jacob, el tiempo parecía haberse detenido.
Las agujas del reloj giraban, sí, pero su mente seguía atrapada en aquella madrugada maldita.
El tic-tac del viejo reloj de pared era lo único que llenaba la estancia, un sonido seco, insistente, que parecía burlarse de su inmovilidad.
El ambiente olía a encierro, a humedad estancada y a madera que llevaba días sin abrirse a la luz, todo en la casa era denso, como si el aire mismo compartiera