Mateo encontró a Valentina en el despacho un miércoles a las seis de la tarde.
Llamó antes de entrar, algo que no hacía siempre, y eso solo le dijo a Valentina que traía algo que necesitaba espacio para decirse.
—Tenés un minuto —dijo Mateo, desde el umbral.
—Para vos siempre hijo. —Dijo Valentina cerrando la laptop. —Sentate.
Mateo se sentó frente a ella, espalda recta, manos quietas, pero algo en la manera en que tardó un segundo antes de hablar decía que lo que venía no era operativo.
—Elena