Mateo la llamó esa misma tarde.
No por mensaje. La llamó, que era algo que no había hecho antes, y Elena atendió al segundo tono con esa calma que tenía para todo.
—Necesito verte hoy —dijo Mateo.
—¿Pasó algo?
—Sí. ¿Podés a las siete?
—Puedo.
Se vieron en el mismo restaurante de siempre. Elena llegó puntual y cuando lo vio la cara supo que lo que venía no era una conversación liviana. Se sentó sin pedir nada y lo miró directo.
—Contame.
Mateo apoyó los codos sobre la mesa.
—Mi padre investigó a