Elena llegó a su departamento pasadas las diez y preparó té que no tomó.
Se sentó en el sillón mirando la ciudad y pensó en su padre. No en el Marco Ricci que Mateo le había descrito esa noche. En el otro. El de antes.
Tenía nueve años la primera vez que lo vio pegarle a su madre.
No fue un golpe dramático. Fue algo cotidiano, una discusión en la cocina que subió de tono de maneras que Elena ya sabía leer porque había aprendido a hacerlo antes de entender que eso no era normal. Su madre no dijo