El domingo después de la cena, Dante encontró a Valentina en el jardín.
Era temprano, antes del desayuno, con esa luz de invierno en Milán que llegaba tarde y duraba poco. Valentina tenía el café en la mano y miraba los árboles sin ver nada en particular, que era su manera de procesar las cosas que necesitaban más espacio del que cabía en el despacho.
Dante se sentó a su lado.
—¿En qué pensás? —preguntó.
—En Elena. —Valentina tomó el café. —En Ricci. En Sorokin. En todo lo que está en movimient