Andrew llegó al hospital con el corazón hecho un nudo y un peso en el pecho que casi no lo dejaba respirar.
No sabía qué lo llevaba ahí exactamente: ¿coraje?, ¿desesperación?, ¿la necesidad de confirmar con sus propios ojos la magnitud de la mentira que Beatriz había tejido a su alrededor durante meses?
No lo sabía. Pero estaba ahí. Y estaba furioso.
Empujó la puerta de la habitación y la encontró sentada en la cama, ilesa, maquillada como si acabara de salir de una revista, sonriendo con un descaro que lo hizo sentir náuseas. Esa sonrisa… tan conocida, tan falsa, tan llena de veneno.
—¡Andrew! —canturreó ella, abriendo los brazos—. Sabía que volverías. Ven, amor.
Andrew se quedó quieto, helado. La miró con un desprecio tan palpable que el aire pareció volverse pesado. No dijo nada al principio. Solo observó… como si estuviera frente a una criatura repugnante que se esforzaba por parecer humana.
Beatriz sonrió más
—. No seas así… ¿Ves? Los dos estamos heridos, pero podemos intentar…
Él