Cuando Stelle salió de la casa, apenas podía sostenerse en pie. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto que venía conteniendo desde hacía horas, y su pecho subía y bajaba con respiraciones cortas, desgarradas. Al ver a Travis esperándola en el porche, su corazón se rompió un poco más. Sin pensarlo dos veces, se lanzó a sus brazos.
Travis la estrechó con fuerza, confundido, alarmado por su estado.
—¿Dónde está Andrew? —preguntó ella entre sollozos, buscando su rostro, como si necesitara cualquier explicación que pudiera salvarla del dolor que la consumía.
Travis desvió la mirada. Había preocupación en sus ojos, pero también algo que parecía culpa.
—Se fue —respondió con la voz grave y baja, como si aquello también lo hiriera a él—. No me dijo nada.
Stelle sintió como si el mundo entero se desmoronara bajo sus pies. Retrocedió un paso, como si hubiera recibido un golpe en el estómago.
—A mí sí me dijo… —murmuró con un hilo de voz—. Cree que soy la culpable… cree que fui yo quien maté