Cuando por fin salieron del hospital y el médico confirmó que Amara estaba oficialmente dada de alta, algo dentro de ella se aflojó.
No fue una alegría explosiva, sino un cansancio profundo, de esos que llegan después de haber mirado de frente a la posibilidad de perderlo todo.
Caminó despacio, apoyándose ligeramente en Liam, sintiendo todavía el cuerpo frágil, como si cualquier movimiento brusco pudiera devolverla a aquella cama blanca, al olor, a desinfectante y al miedo constante.
La llevaron directamente a la casa de los Mayer. El trayecto fue silencioso. Amara miraba por la ventana, viendo pasar las calles como si pertenecieran a otra vida, a una versión de sí misma que ya no existía. Había sobrevivido, sí, pero algo dentro de ella había cambiado para siempre.
Al llegar, apenas cruzó la puerta, se encontró con sus padres. Su madre fue la primera en reaccionar.
La abrazó con fuerza, como si temiera que Amara pudiera desvanecerse entre sus brazos si la soltaba. Su cuerpo temblaba y