Cinco años después.
El tiempo había pasado sin pedir permiso. Los años se apilaron uno sobre otro, como páginas que se doblan sin romperse, dejando marcas suaves pero imborrables.
Hubo paz, sí. También rutina, silencios largos, días buenos y otros menos luminosos.
Hubo contratiempos, cansancio, heridas que tardaron en cerrar… pero, aun así, Amara y Liam resistieron. No porque todo fuera perfecto, sino porque aprendieron a quedarse incluso cuando huir parecía más fácil.
Ese día no era un aniversario cualquiera.
No celebraban una cifra redonda ni buscaban impresionar a nadie. Lo que deseaban era algo distinto, más profundo. Querían renovar sus votos. No para recordar lo que fueron, sino para honrar lo que habían sobrevivido.
Para sellar un amor que no nació intacto, pero que se volvió más fuerte al ser reparado una y otra vez.
Eligieron la casa de invierno de la familia, al norte del país. Un lugar que parecía suspendido en el tiempo. Rodeada por un bosque frondoso, la casa respiraba cal