Una semana después
El edificio del tribunal se erguía como una mole de concreto y acero, severa, impenetrable, ajena al dolor humano que albergaba entre sus muros. Amara lo observó unos segundos antes de entrar. No sintió temor. Lo que la recorría era una calma extraña, densa, una serenidad nacida del agotamiento de haber sobrevivido a demasiado.
Caminaba tomada del brazo de Liam, no porque necesitara sostén, sino porque ese gesto representaba algo más profundo: estaban juntos, seguían en pie, n