Una semana después
El edificio del tribunal se erguía como una mole de concreto y acero, severa, impenetrable, ajena al dolor humano que albergaba entre sus muros. Amara lo observó unos segundos antes de entrar. No sintió temor. Lo que la recorría era una calma extraña, densa, una serenidad nacida del agotamiento de haber sobrevivido a demasiado.
Caminaba tomada del brazo de Liam, no porque necesitara sostén, sino porque ese gesto representaba algo más profundo: estaban juntos, seguían en pie, no habían sido destruidos. Cada paso hacia la sala era un recordatorio silencioso de noches sin dormir, de amenazas, de miedo, de esa sensación constante de que la felicidad podía ser arrebatada en cualquier momento.
Cuando entraron, el murmullo del lugar se apagó lentamente. Ronald estaba allí.
Amara tardó apenas un segundo en reconocerlo, y aun así, le resultó difícil asociar a ese hombre encorvado con el monstruo que había marcado sus vidas. Su rostro estaba ceniciento, los hombros hundidos, l