En la oficina, el tiempo se había vuelto una sustancia densa, pegajosa, casi hostil. Cada segundo parecía arrastrarse con una crueldad innecesaria, como si el reloj disfrutara verlo desgastarse. Liam revisaba documentos con movimientos automáticos, firmaba autorizaciones sin leerlas realmente, asentía a preguntas que apenas escuchaba. Su cuerpo estaba ahí, erguido, impecable como siempre; su mente, en cambio, estaba a kilómetros de distancia.
Estaba exhausto. No solo cansado, sino drenado por de