En la oficina, el tiempo se había vuelto una sustancia densa, pegajosa, casi hostil. Cada segundo parecía arrastrarse con una crueldad innecesaria, como si el reloj disfrutara verlo desgastarse. Liam revisaba documentos con movimientos automáticos, firmaba autorizaciones sin leerlas realmente, asentía a preguntas que apenas escuchaba. Su cuerpo estaba ahí, erguido, impecable como siempre; su mente, en cambio, estaba a kilómetros de distancia.
Estaba exhausto. No solo cansado, sino drenado por dentro. El tipo de agotamiento que no se soluciona con dormir, porque nace del miedo constante a perder lo que más ama. Cada minuto reforzaba una urgencia que ya le oprimía el pecho desde temprano: irse a casa. Abrazar a Amara. Ver a Marea dormir tranquila, con esa respiración suave que le recordaba que todavía existía algo puro en el mundo. Recordar, aunque fuera por un instante, por qué todo ese sacrificio valía la pena.
Cuando por fin cerró la última carpeta y empujó la silla hacia atrás, sinti