La ambulancia llegó con el ulular desesperado de la sirena rompiendo el aire, un lamento agudo que parecía anunciar una tragedia que se negaba a terminar.
El sonido se incrustó en los oídos de Liam como un martillo, marcando cada segundo con una urgencia cruel. No lo pensó dos veces. Subió con ella, impulsado por un miedo primitivo que le apretaba el pecho hasta dolerle. El corazón le golpeaba con furia, desbocado, como si intentara escapar de su cuerpo.
Las luces blancas del interior lo cegaban por momentos.
Todo era demasiado brillante, demasiado limpio, demasiado ajeno a la pesadilla que se desarrollaba ante sus ojos.
El olor a desinfectante se mezclaba con el del metal, con el de la prisa, con ese aroma inconfundible de hospital que siempre anunciaba que algo estaba mal. Que algo podía perderse para siempre.
Amara yacía inconsciente sobre la camilla, pálida hasta parecer irreal, frágil como si un soplo bastara para romperla. Estaba demasiado quieta.
Su pecho subía y bajaba al ritmo