Cuando alguien miente, otro miente mejor.
Leandro Sanz acababa de llegar al edificio donde podía destruir a cualquier persona con una sola nota.
Sin saludar a nadie, subió directo al sexto piso, donde su oficina lo esperaba con una vista privilegiada del centro financiero. Mientras caminaba hacia su oficina, con el teléfono en mano y la vista fija en la pantalla, Leandro Sanz se deleitaba con el caos que su artículo había generado.
Cada notificación nueva, cada comentario incendiario, era un golpe de adrenalina. Las redes sociales ardí