Debo hacer lo correcto.
Gabriel, que había permanecido en silencio, tensó la mandíbula con sus ojos fijos en Sebastián, analizando cada movimiento, cada palabra, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho.
No confiaba del todo en Sebastián, por más que se arrodillara y que suplicara perdón, no bajaba la guardia.
Podía esperar cualquier cosa de él.
Sebastián sacó un sobre de su saco con manos temblorosas y lo colocó sobre la mesita junto a la cama.
—Aquí está todo lo necesario pa