No debí meterme en esto.
El silencio cayó como plomo, pesado y definitivo.
Sebastián sabía que el poder no se negociaba, se ejecutaba.
—¡No puedes obligarme a traicionar una fuente! —exclamó Leandro, con la voz crispada, como si aún creyera que alzando el tono podía proteger la última migaja de su integridad.
Sus ojos se movían de forma frenética entre los escoltas y Sebastián, como buscando una salida invisible, un resquicio que le permitiera escapar.
Sabía que no lo habría.
Ninguno de los dos hombres que lo rodeaban t