Epílogo.
El mar se extendía ante Isabella en un vaivén sereno que parecía acompasarse con los latidos de su corazón.
Isabella respiró hondo, llenando sus pulmones de sal y viento, mientras la brisa tibia acariciaba su piel como si la vida misma la envolviera en un abrazo.
A lo lejos, distinguía las risas de su hija.
Victoria corría descalza por la orilla, con el cabello dorado flotando como una llamarada encendida, sus pies pequeños salpicando espuma en cada zancada.
Gabriel fingía no alcanzarla, dándol