El sol apenas despuntaba cuando un grito desgarró la quietud de la casa y sacudió a todos como una descarga eléctrica. Serena fue la primera en aparecer en el pasillo, con el cabello revuelto, la camiseta torcida y los ojos encendidos por el susto.
—¡No están! —Exclamó Lianett, aferrada al teléfono con los nudillos blancos —¡Julieta y Kenji no están en ninguna parte! —Barak salió de su cuarto en camiseta y pantalón corto, aún medio dormido, pero con la expresión endurecida.
—¿Cómo que no está