Julieta llevaba dos días encerrada en la habitación más grande de la casa principal de la isla. No había abierto las cortinas ni respondido a ninguno de los intentos de Kenji de conversar. El mar golpeaba abajo con suavidad, recordándole que no tenía a dónde ir.
Kenji se paró en la puerta, apoyado en el marco, con una bandeja en las manos. Sus ojeras hablaban por él.
—Julieta. —Habló despacio, casi en un susurro.. —Traje sopa y pan. Está caliente. —Ella ni siquiera lo miró. Permanecía sentada