El bosque estaba envuelto en una neblina espesa que olía a tierra húmeda y miedo.
Markus se arrodilló junto al cuerpo inerte de Julieta, con las manos temblorosas, la respiración agitada y el corazón golpeando como un tambor en su pecho.
La sangre resbalaba lentamente desde la herida en la frente de Julieta hasta empaparle la mejilla. Su piel, pálida y fría, parecía la de una muñeca rota.
—No… no, no, no. —Balbuceó Markus, tocando su rostro con desesperación. —Fiera, mírame. Vamos, mírame…