Nevan
Seguido por Nivi, llevé a mi solecito a su habitación y, tras recostarla en la cama, le tomé la temperatura.
Ella parecía estar bien físicamente, pero su alma estaba rota. Puse mi palma sobre su frente y usé mi habilidad para refrescarle la piel, pues ella estaba húmeda por el sudor.
Y me sentí un imbécil.
—No debí decirte nada. Todo esto es mi culpa —susurré, arrepentido.
Si yo hubiese tenido la certeza de lo que sufrió, le habría evitado este mal momento.
—Kaia, preciosa, abre los ojos,