Cuando llegamos a casa después de esa noche en la que le pedí matrimonio a Ludovica, todo fue un torbellino. Una mezcla desbordante de emociones, risas, abrazos, lágrimas y una alegría tan intensa que parecía capaz de empaparlo todo, incluso los rincones más oscuros de las preocupaciones que aún me acompañaban.
La locura de las mujeres de la casa fue total. Teresa, como si hubiera estado esperando este momento durante años, no dejaba de besarme y abrazarme. Me rodeó con sus brazos como si quis