Al salir del tocador, el murmullo en el gran salón se convirtió en un zumbido ensordecedor. Las miradas se posaron sobre nosotros como cuchillos afilados, cortando el aire con juicios silenciosos. Sentía el calor de la atención no deseada, pero me mantuve erguida, aferrándome a la mano de Gabriele como a un ancla en medio de la tormenta.
Dos miembros del consejo se acercaron con rostros tensos, sus ojos evitando los míos.
—Gabriele, necesitamos hablar contigo sobre lo sucedido —dijo uno de ello