El impacto contra las rocas no fue tan brutal como podría haber sido, pero suficiente para dejarme sin aire, con la vista nublada y el cuerpo hecho un nudo de dolor. Resbalé unos metros por la ladera, chocando contra ramas, tierra suelta, una raíz que me desgarró el costado. Después… silencio. No sé cuánto tiempo pasó. Un minuto. Dos. Diez. Lo único que recuerdo es el ardor de mis pulmones al intentar tomar aire y un zumbido constante en los oídos.
Cuando por fin pude abrir los ojos, la montaña