Ya era tarde cuando decidimos salir a cenar, y aunque sabía que Gabriele tenía la cabeza llena de problemas por lo que pasaba con el consejo, por lo de Marco y lo que pudiera desencadenarse, también sabía que esa noche quería regalarnos un momento solo para nosotros. Un momento que nos recordara que, a pesar de todo, ahora éramos algo más. Éramos oficialmente una promesa. Su promesa.
Todavía sentía los dedos de Gabriele marcados en mi cintura cuando me había atraído hacia él en su despacho unas