El viento comenzaba a soplar con una frialdad que calaba los huesos, y yo apenas lo sentía. Me encontraba sentada en un banco improvisado dentro de una de las carpas médicas, cubierta con una manta gruesa que alguien me había puesto sobre los hombros. Había perdido la noción del tiempo. Podía ser media tarde o ya el inicio de la noche, pero mi mente seguía atada a una sola pregunta: ¿Dónde está Gabriele?
Un enfermero había atendido mis heridas. Mis pies, ensangrentados y llenos de cortaduras po